LA LENGUA MADRE
De un primo lejano nuestro se decía en la familia que era amorfo. Un día estaba yo ayudando a mi padre a arreglar la cisterna del retrete cuando se me ocurrió preguntarle qué quería decir aquella palabra, amorfo.
Recuerdo que emergió de debajo de la taza del retrete con el pelo desordenado y dijo:
-Pues una persona sin personalidad.
Yo me quedé pensando un rato y al final le pregunté si una persona sin personalidad era lo mismo que una mesa sin mesalidad, lo que no me cabía en la cabeza, o una sartén sin sartenidad, lo que tampoco me parecía
posible. Mi padre volvió a asomar la cara con expresión de lástima y dijo:
-¿Tú eres idiota o qué?
No volví a preguntarle ninguna duda lingüística, aunque las dudas lingüísticas eran, junto a las religiosas, las que más me torturaban. No comprendía, por ejemplo, por qué al pronunciar la palabra “rata” veía dentro de mi cabeza una rata mientras que al pronunciar “ra” no veía media rata. Tuve una relación muy conflictiva con la lengua madre, muy intensa también, pues ciertas dificultades de pronunciación que todavía arrastro hacían que las palabras, dentro de mi boca, parecieran objetos, más que sonidos. Las masticaba o las ensalivaba como si fueran un dulce y lo cierto es que para mí tenían sabor, olor, color, textura. Algunas palabras eran duras como piedras y otras se deshacían como la espuma al contacto con la lengua. De otro lado, enseguida advertí también que una palabra podía arreglarte el día o estropeártelo porque había palabras que curaban y palabras que mataban, palabras que te hacían reír o que te hacían llorar, palabras que te adormecían o que te provocaban insomnio. Descubrí con asombro que las palabras dirigían la vida de los hombres, ya que, lejos de conquistarlas, según creíamos, eran ellas las que nos colonizaban. En gran medida, estamos hechos, o deshechos, de palabras.
De esa extrañeza frente a la lengua nacería, muchos años después, este monólogo que trata de eso, de lo raro que es hablar o ser hablado.Juan José Millás
Juan Diego, Millás, La lengua
Cuando Juan Diego me invitó a acompañarle en este viaje por la lengua de Juan José Millás, reconocí uno de esos momentos en que la fortuna te señala con su dedo. Me excitó sobremanera el riesgo de un increíble viaje por la dignidad amenazada, por la verdad amenazada, por la vida amenazada y a punto de ser absorbida por el agujero negro insaciable de los mercados. Ese agujero que se traga tu dinero, tu familia, tu trabajo, tu cultura, tu gobierno, y acaba engullendo tu instrumento más primario: la lengua. Tu lengua madre.
¿Cómo comienzan las catástrofes?, se pregunta este personaje, esta persona común, anónima, preocupada por todos nosotros al otear en el horizonte las primeras olas del tsunami. Un personaje entrañable, tierno, que nos hace sonreir y llorar, y que nos gustaría llevar a casa para que, como ángel de la guarda, nos prevenga, desde su humildad y su verdad, de los peligros que nos acechan desde que sacamos el primer pie de las sábanas cada mañana. Si las palabras son embajadoras de la realidad, como él nos dice, este acto singular en donde la palabra reclama todo su protagonismo, es más real que ninguno. Siquiera a fuerza de ser surrealista. ¿O es que hay algo más surrealista que la realidad que nos encontramos al abrir la ventanita del alma para asomarnos al nuevo día?
Por eso nuestro hombre en vez de abrir la ventana abre el diccionario, porque allí se siente como en el útero materno, seguro de no encontrarse con un test de estrés, una hipoteca subprime, un cashflow o una prima de riesgo, todo ese lenguaje inventado por los que dominan el mundo para acomplejarnos, y que nos ha dejado huérfanos de la lengua madre que tan ricamente nos alimentaba de su teta y nos daba tanta seguridad.
Les invitamos a arroparse durante un rato con las palabras. Las palabras que son, como dice Millás, “el único tesoro que es patrimonio de todos porque lo hemos construido entre todos. Y eso significa que todos y cada uno de nosotros somos coautores, por ejemplo, de El Quijote. Aunque también de los discursos de Nochebuena del Rey. Vaya una cosa por la otra”.
Emilio Hernández
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