EL PERRO DEL HORTELANO
El perro del hortelano fue impresa por vez primera en Madrid en 1618, incluida en la Oncena parte de las comedias de Lope de Vega Carpio, en un momento de madurez profesional en el que Lope logra escribir y estrenar algunas de sus obras más populares, y en el que ejerce de monarca sobre las tablas perfeccionando en cada representación lo que su Arte nuevo de hacer comedias ha logrado con inusitada eficacia: que el público, los cómicos y los poetas trabajen en sintonía para lograr uno de los momentos más increíbles que han ocurrido en la historia del teatro.
Se incluye esta obra en ese subgénero denominado comedia palatina: historias protagonizadas por personajes aristocráticos de países extranjeros donde, lejos de las limitaciones que las damas y galanes sufren en la España del XVII, todo es posible. Es común que la mujer tenga un papel protagónico alrededor del cual todo sucede, ya que las mayores transgresiones en nuestro teatro clásico las realizan las mujeres. Estos personajes femeninos, tan atractivos para el público de nuestro Barroco, son la antítesis de lo que el entorno social parecía demandar y sin embargo gran parte de nuestra literatura se nutre de la fascinación que aquellas mujeres ejercían sobre espectadores y lectores, ávidos de emociones y aventuras sorprendentes.
No es extraño que Lope, que consideraba al amor y a la mujer el centro de la entraña dramática, se decante por escribir una pieza en la que cuenta las sencillas maneras con las que Amor nos transforma y nos hace renunciar a cualquier planteamiento anterior. Toda su obra nos habla de la imparable fuerza con la que el amor arrolla cualquier contención, cualquier barrera con la que se pretenda frenar, ya que Lope asumió apasionadamente las consignas de los poetas renacentistas: poco ama el que no pierde el sentido... que diría Diego Hurtado de Mendoza.
Tras su composición y estreno en el XVII El perro... debe esperar a 1806 para ser reestrenada en el Coliseo de la Cruz, convertirse en el "taquillazo" de la temporada e iniciar entonces el camino que la convertiría no sólo en una de las obras más conocidas y representadas de Lope, sino en uno de los títulos principales con los que se conseguiría, casi dos siglos después, la reciente recuperación de nuestro teatro clásico que comenzó en los años ochenta. La película de Pilar Miró, del año 1995, haría el resto.
He elegido esta pieza, la última que dirijo como director de la Compañía Nacional de Teatro Clásico, porque contiene lo mejor de Lope: su mirada optimista sobre la vida, el inconformismo descarado ante la adversidad, la natural elegancia que embellece cada situación, y la lírica, sobre todo, señalando con su huella sublime e imperecedera cómo el amor reina sobre todo. El poeta nos da una lección sobre lo imprevisible que debe ser una comedia, sobre las ventajas de la mezcla de géneros y la audacia necesaria para enfrentarse a los límites; un magnífico legado para la posteridad.
Otro motivo para llevarla a la escena en este momento tiene que ver con esa costumbre tan española que glosa el refrán que da título a la obra y que consiste en carcomer cualquier cosa que se trate de construir por el simple placer de destruir lo que no se considera propio; y es que la envidia -ya lo dijo ese gran cómico que era Fernán Gómez- no es el pecado de España, sino el desprecio. No es casual que Lope recogiera, como hizo en tantas ocasiones, aquella sabiduría popular para convertirla en una historia llena de belleza que trascendiese más allá de los absurdos cotidianos del XVII. Los nuestros no son tan diferentes, así que uno siempre guarda la esperanza e insiste para comprobar si el viejo adagio latino que predicaba aquello de enseñar deleitando sigue teniendo sentido.
Eduardo Vasco
Director del montaje y autor de la versión
ESPACIO SONORO Eduardo Vasco
DISEÑO DE PELUQUERIA Y MAQUILLAJE Joel Escaño
ASESOR DE VERSO Vicente Fuentes
ILUMINACIÓN Miguel Ángel Camacho
SELECCIÓN DE VESTUARIO Lorenzo Caprile
ESCENOGRAFÍA Carolina González
VERSIÓN Y DIRECCIÓN Eduardo Vasco
COMPRAR ENTRADA